domingo, 25 de septiembre de 2011

Intento no olvidarme de la última noche que pasamos juntos.
Aquella en la que te llamé muy tarde y simplemente tú me dejaste un hueco en tu almohada.
Me quedé placidamente dormida y luego por la mañana, si habernos casi ni tocado, sabía que ese era el adios que nos merecíamos. Compartir lo que más nos ha unido, las noches, las madrugadas y las tardes en esa cama que olía a nosotros, a tí, a mí, a lo nuestro.

Aquella mañana supe que era el final porque no olía a nada de eso, olía a nuevo, a empezar de nuevo.
Recuerdo que me fuí sin mirar a trás, obligándome a olvidar el camino, la puerta, el buzón y al portero que me saludaba amigablemente.

Mientras andaba, leí tu carta, tus hojas, tus pensamientos, que ya nunca más estarían conectados con los míos. Entonces pensé, que si me creía que nunca habíamos estado conectados, haría que el olvidarte fuera más fácil y tu me odiases por eso. Porque odiar es la facilidad de olvidar, de dejar de amar.


No hay comentarios:

Publicar un comentario